Justine


Siempre he pensado que eso del amor está sobrevalorado. Realmente, ¿qué es amor? ¿Quién se encarga de decidir  lo que ha de ser para  cada uno?
Hay tantas clases de amor como  personas, pero los apasionados de los tópicos y las clasificaciones suelen reducirlo a dos categorías: el amor de mujer y el de hombre. Demasiado básico, demasiado simplista, las cosas nunca son blancas o negras.
De siempre nos han inculcado que el hombre es más visceral y la mujer más pasional. Y, por eso, muchas se engañan pintando de amor sus pasiones, para no sentirse culpables si, en algún momento, acaban gozándolo contra la pared de un aparcamiento vacío.
Eso no es malo —lo del aparcamiento—, solo que no es amor sino sexo. Pero muchas temen decir esa palabra en voz alta. Reminiscencias de un estilo de vida ya pasado que no termina de destilarse.
Yo me he cansado de sostener esa mentira y, desde  que él se marchó, he decidido convertir mi vida y mi cama en motel de paso, para cualquiera que tenga tiempo y ganas de prestarme atención.
Mis amigas  piensan que, en el fondo, soy una ninfómana descontrolada que no sabe reconocer su adicción. Lo que no saben es que el amor, el verdadero amor, solo se siente una vez. Y yo ya lo sentí y lo perdí, o mejor dicho me perdió, porque creo que, ese pobre desgraciado, no sabe  realmente lo que ha dejado atrás.
Y le imagino en brazos de alguna intentando centrarse para no pensar en mí, en la resistencia de su cinturón y las gotas de sudor lloviendo la cama, en las cenas románticas que improvisábamos al salir del trabajo, en las tardes de cine clásico en el sofá rojo del salón, …
Estoy segura que más de una vez ha pensado en mí, como yo pienso en él. Y que más de dos veces se ha tenido que sujetar las manos para no llamarme desde cualquier cabina, en mitad de una noche perdida.
Pero, por suerte, el tiempo todo lo cura; y ahora él tiene su espacio y yo la cama llena. Y no me siento mal por ello, ni consiento que ningún desgraciado me etiquete con  apelativos reservados únicamente para nosotras, porque si yo fuera un hombre, ninguno de los que ahora me escucháis os lo plantearíais. Al contrario, aplaudiríais mi actitud  (siempre que no fuera con vuestra hermana, claro).
No considero que los hombres que  pasan por mi cama sean pañuelos de usar y tirar, algunos también tienen su encanto, a veces hasta una conversación interesante, solo que no suelo darles tiempo extra. Me gusta dormir sola y una vez me he duchado espero no encontrarles entre mis sábanas.
Sería divertido ver como uno de esos escritores, que enarbolan la bandera de ser grandes conocedores del alma femenina, se arriesgara a escribir sobre alguien como yo: una mujer con carácter que se cansó de teñir de amor lo que, en el fondo, es simplemente sexo.
Pero no les veo capaces (por no decir que “les faltan huevos”). Las mujeres  como yo les intimidan, les acojonan; y prefieren esconder su cobardía bajo columnas de periódico, donde nos ponen de vuelta y media, y hablan de la decadencia del feminismo o, peor aún, se atreven a inventar conceptos innovadores como “feminismo nazi”, una de sus últimas demostraciones de torrencial ingenio.
A esos, a los que se creen en poder de la verdad, a los que piensan que conocen el secreto de las mujeres, les reto a que vengan aquí y hablen de mí, una mujer independiente que no necesita amor para  seguir adelante, ni tampoco un hombro —de hombre— en el que apoyarse y a la que le gustan los revolcones ocasionales tanto o más que a ellos.
No vendrán, no, porque en el fondo no soportan ver su reflejo en un cuerpo más perfecto. O quizá sea, simplemente, porque temen sucumbir.
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